Entendemos por lavabos o lavamanos los recipientes en donde se vierte el agua para el aseo personal, tradicionalmente se han realizado en piedra, loza o porcelana, aunque la industria moderna ya los produce en infinidad de materiales, como cerámica, vidrio o metal.

Para buscar sus orígenes hemos de remontarnos a Cartago, la Antigua Grecia y la Antigua Roma, donde están documentados arqueológica y literariamente, y en la Edad Media las iglesias disponían de pilas de agua bendita similares. Aunque como parte del mobiliario doméstico no se ha hallado hasta antes del siglo XV, momento en el que destacó Venecia como principal fabricante de estos, y consistían en un trípode, más o menos adornado que sostenía un cerco de hierro o madera, en el que se colocaba un recipiente para el agua.

Etimológicamente la palabra “lavabo” procede del latín, es el futuro de indicativo del verbo lavo, y significa “me lavaré”, muy acorde con su propia función.

Una curiosidad que muy pocos conocen es que la palabra “lavabo” es el inicio de un salmo bíblico que dice así: “lavabo inter innocentes manus meas…”, que significa “me lavaré estas inocentes manos”.

Se trata de una oración que se ponía encima de los lavabos de las sacristías, cuando antiguamente el sacerdote se lavaba las manos antes de celebrar misa, siendo esto un ritual de purificación, ya que mediante el lavado de manos se purificaba el espíritu.

Aunque hoy en día ya no se realiza este rito, por ser esta frase la primera del cuarteto, quedó para designar el lugar o la pileta donde uno se lava las manos, es decir, a los lavabos de la actualidad.

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